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Madre no hay más que una, y mejor feliz que perfecta. Colaboración de Daniel Peña para el diario El Confidencial

Por Daniel Peña

 

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Hace unos días hemos celebrado el día de la madre. Es un día precioso en el que vemos a un montón de mamás por la calle y en la televisión hablando de sus experiencias con una gran sonrisa. Sin duda la maternidad es un elemento relevante en la felicidad de las personas. En un estudio que hemos llevado a cabo con más de setecientas personas (Centro de Psicología Alava Reyes. Primer estudio sobre felicidad y perdón. Madrid; 2013. Informe técnico), comprobamos como existía una tendencia entre los hombres y mujeres con hijos a evaluar sus vidas como más satisfactorias y a experimentar más emociones positivas en el día a día. Es importante señalar que entre los participantes en el estudio, había personas profundamente felices que no tenían hijos, y personas con hijos que se sentían infelices, es decir, tener hijos no es la única causa de la felicidad, aunque contribuye a su experiencia.

“El virus de la hiper-exigencia es capaz de hacer que nos comportemos de forma rígida y perfeccionista”

Sin embargo este efecto no era igual para hombres y mujeres. Las mujeres eran ligeramente menos felices que los hombres. Seguro que existen explicaciones muy elaboradas para este efecto, pero hoy solo quiero compartir una curiosidad, algo que encontramos al analizar en profundidad nuestros datos y que nos llamó poderosamente la atención. En el estudio analizábamos, entre otras cosas, la tendencia de las personas a experimentar emociones negativas como la culpa y la vergüenza en distintas situaciones. Pues bien, en el caso de la vergüenza, comprobamos que existe un patrón complejo de diferencias entre hombres y mujeres. Concretamente, los hombres sin hijos tienen una tendencia mayor a experimentar vergüenza que las mujeres sin hijos, mientras que las mujeres con hijos tienden a experimentar más vergüenza que los hombres en la misma condición, curioso ¿no?

El peso del ideal

En un intento por comprender mejor este patrón, encontramos un estudio reciente llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Mary (Washington) (Liss, M., Schiffrin, H. H., & Rizzo, K. M. (2013). Maternal Guilt and Shame: The Role of Self-discrepancy and Fear of Negative Evaluation. Journal of Child and Family Studies22(8), 1112-1119). Los investigadores analizaron las relaciones que existían entre la tendencia a sentir vergüenza, y otros factores psicológicos en 181 madres con hijos de cinco años o menos. Los resultados indicaban que el sentimiento de vergüenza estaba estrechamente relacionado con la percepción de la discrepancia entre su comportamiento actual como madres y la imagen idealizada que tenían de la maternidad. Dicho de otra forma, cuanto más lejos se veían de su ideal, mayor era la tendencia a sentirse avergonzadas. Los investigadores fueron más lejos y encontraron que esta relación se hacía aún más intensa cuando las madres estaban muy preocupadas por la crítica o evaluación negativa de los demás. Así, aquellas madres que se mostraban más seguras e independientes de las opiniones y juicios de otras personas, eran capaces de recocer sus errores e imperfecciones sin sentirse avergonzadas.

“Reconocer tu derecho a decir ‘estoy cansada’, a equivocarte, a perder los nervios de vez en cuando, a decir que ‘no puedo más'”

Las madres son capaces de no dormir, de entregarse incondicionalmente a sus hijos sacrificando todo lo necesario por ellos sin perder la sonrisa ni la paciencia en la mayor parte de las ocasiones ¿porqué además deberían ser juzgadas por otras personas? ¿Por qué deberían tener la aprobación de los demás para considerarse personas válidas y satisfechas quienes son? Quizá se trata solo de los efectos de un virus mental, llamémosle el virus de la “hiper-exigencia”. Este virus parece ser capaz de hacer que nos comportemos de forma rígida y perfeccionista, provocando grandes dosis de preocupación y haciendo que nos resulte muy difícil disfrutar de las cosas que tenemos y hacemos. Los primeros síntomas de la infección son creer que todo el mundo hace las cosas mejor que nosotros y sentirse un ser humano de segunda categoría cuando tenemos la sensación de que damos la talla.

Si estás notando alguno de estos síntomas vacúnate cuanto antes. Ponte una primera dosis doble de reconocer tu derecho a decir “estoy cansada”, a equivocarte, a perder los nervios de vez en cuando, a decir “no puedo más”, a necesitar ayuda y pedirla, a no saber qué es lo mejor para todo el mundo, a pensar en ti misma alguna vez y, sobre todo y por encima de todo, a ser tú la única persona de quien aceptes un juicio. Nadie más que tú sabe de verdad lo difícil que son las cosas, el esfuerzo que suponen, el agotamiento que acumulas día a día, ¿de verdad crees que alguien puede juzgarte sin conocer todo eso? Claro que no. Es agradable que te lo reconozcan, pero no lo necesitas. No olvides que a esos pequeñajos que no te dejan dormir les importa bien poco lo que los vecinos, abuelos o las otras mamás en el parque piensen de ti. Lo que les encanta es que les quieras, que juegues con ellos y sobre todo verte feliz.

¡Por cierto!, como todas las vacunas hay que ponerse una dosis de recuerdo. En este caso te aconsejamos una toma por la mañana y otra antes de dormir durante el resto de tu vida. No te preocupes por la sobredosis, en este caso los efectos secundarios te van a encantar.

FUENTE: ElConfidencial.es

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Posted in: Blog de Gomins, Familia

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